Lecturas Domingo 30 de marzo - 2º Domingo de Pascua

Primera Lectura:
Los creyentes vivÃan todos unidos y lo tenÃan todo en común
Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 2, 42-47
Los hermanos eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones. Todo el mundo estaba impresionado por los muchos prodigios y signos que los apóstoles hacÃan en Jerusalén. Los creyentes vivÃan todos unidos y lo tenÃan todo en común; vendÃan posesiones y, bienes, y lo repartÃan entre todos, según la necesidad de cada uno. A diario acudÃan al templo todos unidos, celebraban la fracción del pan en las casas y comÃan juntos, alabando a Dios con alegrÃa y de todo corazón; eran bien vistos de todo el pueblo, y dÃa tras dÃa el Señor iba agregando al grupo los que se iban salvando.
Palabra de Dios.
Salmo:
R. Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.
Diga la casa de Israel: eterna es su misericordia. Diga la casa de Aarón: eterna es su misericordia. Digan los fieles del Señor: eterna es su misericordia. R. Empujaban y empujaban para derribarme, pero el Señor me ayudó; el Señor es mi fuerza y mi energÃa, él es mi salvación. Escuchad: hay cantos de victoria en las tiendas de los justos. R. La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho ha sido un milagro patente. Éste es el dÃa en que actuó el Señor: sea nuestra alegrÃa y nuestro gozo. R.
Segunda Lectura:
Por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva
Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 1, 3-9
Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, pura, imperecedera, que os está reservada en el cielo. La fuerza de Dios os custodia en la fe para la salvación que aguarda a manifestarse en el momento final. Alegraos de ello, aunque de momento tengáis que sufrir un poco, en pruebas diversas: asà la comprobación de vuestra fe -de más precio que el oro, que, aunque perecedero, lo aquilatan a fuego- llegará a ser alabanza y gloria y honor cuando se manifieste Jesucristo. No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo veis, y creéis en él; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando asà la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación.
Palabra de Dios.


















